domingo, 1 de junio de 2008
Me asomé por la ventana que daba a la calle, estaba lloviendo. Cogí un paraguas del armario de mi habitación y las llaves de casa. Cerré de un portazo y comencé a descender las escaleras de dos en dos hasta llegar al portal. Abrí la puerta que daba a la calle, abrí mi paraguas y me dispuse a caminar bajo la lluvia.
Empecé andando sin rumbo fijo, mirando hacia el suelo recorrí unos metros sin pensar en nada, viendo únicamente mi sombra reflejada en el más negro asfalto de la carretera lévemente iluminado por la luz de las farolas. Se me ocurrió una idea, ir al rompeolas en aquella noche fría y sombría para poder estar solo, lo necesitaba.
Tomé la primera calle que llevaba al metro y me dispuse a bajarla. La lluvia cada vez era más intensa, parecía que el tiempo estaba igual que yo.
En llegar a la parada de metro más cercana, me di cuenta de que no llevaba conmigo la targeta, de modo que decidí pasar por encima de la puerta de entrada sin pagar, era urgente que fuera al rompeolas.
Una vez bajé las escaleras, anduve por el andén arriba y abajo mirando impaciente el reloj a la espera de un tren. La espera se hizo larga debido a que a esas horas los trenes no pasan con demasiada frecuencia, pero a los diez minutos, mire al fondo del oscuro tunel y me pareció ver una luz que cada vez se iba haciendo más intensa, era el tren. Subí a él y tras aguardar a que los demás pasajeros subieran a él, tomé un periódico del mismo día que había en el asiento contiguo al mio. Gobierno y PP apuestan por un pacto en educación. Era el titular principal del periódico que encontré. No me interesaba en absoluto y lo dejé en el mismo lugar en que lo había recogido.
Tras recorrer unas cuantas paradas y ver como la mayoría de los pasajeros abandonaban el tren en sus respectivas estaciones, escuché el mensaje indicando la siguiente parada, la mía.
Bajé del tren y recorrí la estación hasta llegar a las escaleras mecánicas. Las tomé y llegué al piso superior donde me esperaba el mar y la lluvia.
Recorrí las calles de la ciudad durante unos cuantos minutos bajo mi paraguas hasta llegar al lugar deseado, el rompeolas.
En llegar, vi el mar enfurecido, las olas intentandose salir del mar, golpeando con furia aquellas enormes rocas, pero aun me quería sentir más cerca del mar, que su brisa pudiera imbadirme, necesitaba acercarme, así que bajé por unas escalerillas de piedra que encontré y me sénté en una de las grandes rocas que más o menos era plana. Cerré mi paraguas.
El mar estaba muy rebuelto y las olas hacian grandes ruidos al chocar contra las rocas, el ruido de la espuma que formaban las olas al golpear la dura piedra y el sonido de la lluvia caer en el mar. Un sinfín de sensaciones que experimenté.
Me encontraba empapado en agua, de nada me servía la cazadora que llevaba porque el frio se apoderó de mi cuerpo pero no me importaba, me sentía bien. En aquellos momentos me sentía libre con el mar ante mi intentando atraparme en reiterados intentos fallidos.
Estube en aquel lugar durante un par de horas más o menos pero que se me hicieron las más cortas ya que me encontraba agusto, perdí la noción del tiempo por dos horas y me encantó.
El mar, la lluvia y yo conviviendo por unas horas juntos. Cuando no encuentro con quien hablar, expresarme, acudo a ese lugar que únicamente escucha, sin comprender pero que de mucha ayuda sirve. Quizas sí que responda, con sus olas y sonidos, no lo se, solamente: Quizás...
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